Postapocalyptica: Un día cualquiera en el Mundo Roto (1)

Postapocalyptica: Mundo Roto

Ahora que acaba de publicarse Postapocalyptica: Mundo Roto, y para que tengas la oportunidad de conocer el ambiente si nunca habías oído hablar de este mundo postapocalíptico, te traigo un pequeño texto en varias partes que describe un día en la vida de un superviviente en el Mundo Roto.

Postapocalyptica: Un día cualquiera en el Mundo Roto, primera parte

Amanece. Durante casi toda la noche ha estado soplando un viento horrible desde el norte que hacía traquetear las chapas del techo y parecía empeñado en tirar la puerta abajo. He tenido que levantarme de madrugada para apuntalar la puerta con la mesa, por si acaso. Por supuesto, cuando viene desde esa dirección se trae parte de la extraña influencia que supone El Pliegue, así que he tenido extraños sueños y me he levantado con un dolor de cabeza parecido al que consigo cuando me tiro todo el día aplanando metales en el taller del tecnochamán.

Pero no soy el único. Nuestro asentamiento está a menos de un día en automotor de allí, y casi todos notamos sus efectos. Menos el burreras de Mira, que se cachondea de nosotros porque él apenas siente un cosquilleo en la nuca. Le odiaríamos, pero la puta verdad es que le envidiamos en días como hoy.

Cuando dejo el catre me doy cuenta de que he dejado una mancha con la forma de mi silueta en el colchón. Otra vez sudando por culpa del viento.

Postapocalyptica: Mundo Roto

Preparo todos mis cacharros y salgo al exterior. Me recibe un sol radiante que me obliga a ponerme los espejos para no quedarme cegato y de paso que no me explote el cráneo. Por la calle principal me cruzo con mis vecinos, que ya están atareados con sus faenas diarias. En todos veo la expresión de cansancio y dolor que la noche les  ha dejado. Creo que en general todos nos llevamos tan bien porque compartimos la maldición de vivir tan cerca de El Pliegue, y a todos nos deja hechos mierda. Aunque esto lo he dicho ya antes, ¿no?

Buscando al tecnochamán

Bueno, da igual. El caso es que me arrastro hasta llegar al taller. Como sospechaba, Gal no está por ningún lado. Atravieso el local hasta el patio interior y llamo a la puerta del depósito de agua en el que vive. En serio: En algún momento después del fin de la Era del Orgullo el depósito que abastecía este asentamiento se derrumbó con tan buena suerte que cayó de plano y Gal pudo llegar décadas después y reclamarlo como propio. Nadie lo había hecho antes, ¿qué buena suerte, verdad?

Como nadie contesta, sorteo los montones de chatarra que rodean la zona para dirigirme al viejo bus que le sirve de almacén, y de pronto escucho una serie de sonidos chirriantes que surgen de una caseta al lado de la entrada. Por culpa del mareo y el cansancio olvido la mejor defensa que tiene Gal contra los intrusos: Un perro mecánico que construyó después del último ataque de bandidos, capaz de arrancarte la mano con un mordisco si te descuidas. Y ahora esa bestia chirriante se dirige lenta pero decidida, hacia mí.

Maldigo mi mala suerte, hoy no es mi día, desde luego.

Continúa en el capítulo 2.

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